jueves, 5 de mayo de 2011

Un Narco sin suerte ... Continuacion Segunda ...

Un Narco sin suerte ... Continuacion Segunda ...
Autógrafo. En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre.


—¿Usted es Jota Erre, el cantante?
—No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no.
—Sí es, a mí no me va a engañar.
—Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros.
—Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una liberta y el bolígrafo.
Firmó Jota Erre: "Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre".



Intento número tres. La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del 2003, 2004. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. "Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero, ¿cómo ves?".

"Simón —le contesté sin pensarla—, nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar, chingo, y que cuando hay que pasar desapercibido…". "Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?". "Simón". Y ai te voy esa misma noche a Tijuana, pa' pasarme a San Ysidro.

"Cuando llegues, le hablas a tal bato; él te va a llevar con el que me debe", me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. "Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí", dije por teléfono. "Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein", me dijo y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al troley, que contara tres estaciones, que ai me bajara y saliendo ai estaban esas calles. Y sí, bajando del troley vi la gásinton y la mein. "Compa, ya estoy aquí", le volví a llamar. "¿Donde está usted hay un macdonals?", me preguntó. Waché y le dije que sí. "¿Enfrente hay un futloker?", volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. "Ai voy, deme unos quince minutos". Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo.

"¿Sabe?, yo creo que éste también está coludido con el que le debe", le dije. "Pos mira —me contestó—. En cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos". Como a las dos horas le marqué al bato. "Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame". "A ver compa, ¿dónde está, que no lo miro?". "Pos aquí, frente a macdonals". "Pos no lo miro y eso que la calle está vacía". Y yo diciéndole: "Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir". "A ver, compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está". "Pero si no hay nadien". Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: "En nacional ciry". Le volví a marcar al bato y le dije: "¡Estoy en nacional ciry, cabrón!". "No, compa, está usted muy pendejo —me dijo—. Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando". Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guásinton y mein?

Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde según vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué el pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. "¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!", le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la Charles Bronson. Luego corté cartucho y le dije: "Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?". Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. "¡No me mates, compa!, ¡no me mates!". Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. "¿Pos cómo se llama, compa?", le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. "¿Entonces tú eres Jota Erre?", me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo.

Le conté cómo estaba el jale y él me pidió veinte días pa' juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa' encontrarlo. "¿Oiga? —le pregunté—. ¿Y si el bato quiere pagar?". "Pos se la perdonas porque es de la familia". Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán, porque pagó.

Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos, ya nomás me habían quedado como cincuenta dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa' pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa' decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón no cualquiera, y por eso pensé que, mínimo, me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.


Continuara ...

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